Pan y Queso
Abrió sus ojos en la profundidad de la noche, se sintió transpirado y con palpitaciones… Extendió su brazo y tocó a su compañero de vida, Paco. Ya sabía en qué parte del mundo se encontraba.
La pesadilla no lo dejaba volver a dormir. El tormento del pan y queso para elegir los equipos de fútbol en el patio del colegio lo perseguía desde hacía tanto y terminaba en el mismo angustioso recuerdo.
Siempre fue cruel el sistema de selección natural, donde los dos mejores jugadores elegían por turno, en primera instancia a los mejorcitos de cada posición y cuando se acababan las opciones basadas en la técnica y la habilidad, se pasaba a una segunda vuelta donde la racionalidad cedía paso a conceptos más blandos y la amistad se imponía. Agotada esa instancia quedaban unos pocos donde cuando no era Big, Tulio podía verse pequeño, esperando el dedo que lo señalara, aunque no sea último, para integrar alguno de los dos equipos.
Su mejor saber hacer hubiese sido estar al lado del campo de juego, realizando estadísticas, análisis de los jugadores y hasta relatar el duelo de cada recreo con su forma tan mordaz e inteligente de hacerlo. Pero la época en que transcurrió su infancia fue siempre de post guerra y esperando una próxima Gran Guerra donde los juegos de los niños se basaban en habilidades de velocidad, fuerza y agilidad física. No muy distinta a la de nuestros primos los Neandertales, que solo con esos recursos sobrevivieron y progresaron por tantos miles de años.
La mancha, el poliládron, las escondidas, las bicicleteadas por barrios desconocidos, las guerras de bombitas en carnavales o el Marco Polo para los que podían disfrutar un verano con pileta, todos los juegos se basaban en los tres vectores olímpicos: más rápido, más fuerte, más lejos. Big Tulio había venido a este mundo para crear la próxima bomba que destruiría a todos sus enemigos o para desarrollar el cohete que lo llevaría a su amada luna con su selecto grupo de amigos… quizás su ideal fuera: primero viajar a la luna y después tirar la bomba en la tierra. En una mente infante, todo es inimputable y posible.
La garganta seca exigía un vaso de whisky. Paco no lo quiso acompañar. No estaba desvelado y tampoco tomaba alcohol. Ser el viejo y fiel compañero de Big Tulio no había sido gratis. De una raza difícil de definir, era más callejero que perro y se decía que no ladraba: te puteaba.
Así y todo, olfateando la congoja de su compañero, le alcanzó las pantuflas a la sala de música y compartió contacto y mirada con él.
—¡No tengo ganas de hablar ahora! —le gruñó el humano al animal.
Él le respondió bajando un poco más las orejas e inclinando los ojos hasta ese ángulo donde logran entrar, siempre.
—¡Carajo, que te dije que no quiero hablar! Mañana tengo un día bravo, y esta pesadilla eterna…
El whisky, el blues y el abrazo con su amigo lo volvieron a encontrar con Morfeo.
La mañana lo despertó con una rápida y fría ducha. El café negro, sin concesiones, ya estaba listo. Big Tulio, todavía no.
Bien después de la hora pactada, cuando el cielo azul se empezaba a teñir de morado y el sol, ya cansado de iluminar el día, se tomaba su merecido descanso, recién ahí el Negro se apersonó en el Wenceslao Bar.
El pasado entró por la puerta. Uno de los mejores jugadores de fútbol de todo el colegio, de los que siempre elegían los equipos, estaba parado delante suyo.
Detrás de una sonrisa de payaso triste, y sin conectar visualmente, el Negro no parecía haber nacido el mismo año que Big Tulio. Más bien parecía un tío lejano, y sobre todo un tío cansado de elegir mal en la vida.
El Negro y Big Tulio hoy no se asemejaban a los compañeritos del patio, pero sí compartieron una educación en una época donde un señor llamado Cooper decidió convencer a todos los colegios del mundo que un niño de 13 años debía correr 1.5 kilómetros en 12 minutos, sin importar si su físico era más apto para lanzamiento de bala, para natación en aguas abiertas o para ser el mejor pastelero de masa madre. Se nivelaba a todos por igual bajo un gran paraguas, sin considerar para qué vino cada uno a esta vida. Los extremos eran los que no encajaban. Uno tuvo la suerte de estar a refugio y el otro tuvo que soportar la lluvia. Si tan solo en el cole hubieran elegido el juego de pelota ovalada, el pisa pisa hubiese sido tan distinto. Pero imposible practicar el deporte de bestias jugado por caballeros sobre las baldosas del patio.
Big Tulio, siempre con sombrero, chaleco y pipa humeante, le ofreció algo de tomar.
—¡123 días limpio! —contestó el Negro.
—No parece tanto tiempo —contestó Big Tulio.
—Es un principio —sin levantar la vista concluyó el Negro.
—¿Cuántos principios ya? —retrucó Big Tulio.
El Negro gesticuló con las manos dejando en claro que el punto era para su viejo compañero.
Mientras se servía un escocés sin hielo el dueño del bar le preguntó:
—Me dijiste que estabas en la mala, buscando laburo.
Asintió con la cabeza, mirando el vaso que bailaba en la mano derecha de Big Tulio.
—No creo que haga falta pedirte referencias ni currículo. ¿Qué te parece si utilizamos un sistema más fortuito de selección? —sorbió un poco del whisky y dejó ver su diente de oro en una media sonrisa.
Con su mano izquierda, su diestra, del mazo que venía cortando mientras hablaba, separó dos cartas: un rey y un as. Los mezcló y los puso boca abajo. El Negro no levantaba la vista y no entendía el sistema. Se sostenía las manos para que no se notara el incipiente temblor.
Big Tulio sintió el olor de las baldosas sucias del patio, palpó su guardapolvo blanco, se vio parado con la pelota debajo del brazo y al Negro sentado junto al resto, con la mirada de un perrito que lleva años en el refugio esperando que un humano lo adopte como mascota.
Con un leve gesto de la cabeza le dio la orden de que optara por alguna de las dos cartas.
Levantó el vaso con poco Wisky y brindó solo. – Por las viejas épocas!
El Negro tardó una eternidad en elegir la carta que marcaría su destino. La arrastró por el paño verde, la levantó suavemente, la miró y… entendió que todos somos gajos de la redonda, que ella no sabe de buenos o malos pies, que se entrega al cuero sin pensar. Que lo importante es girar. Y que la vida también gira, y a veces te pone del lado que nunca imaginaste.
Y la mostró sobre la mesa.
Big Tulio, apoyado sobre su codo izquierdo con la mano por sobre su copa, casi tapándola, miró fijo a su añejo compañerito que tantas veces no lo había tenido en cuenta para el equipo de fútbol. Lo dejó sufrir solo el tiempo necesario.
—Quedate tranquilo, la carta fue solo un juego.
El Negro seguía con la mirada en alto.
—Te elijo. Quiero que seas parte de esto. Juntos vamos a hacer un gran equipo.
Big Tulio volvió a su casa, con su inmensidad cansada pero satisfecha, se desplomó en el sillón de la sala de música con la única intención de contarle su historia de redención al único que podría entenderla: Paco.
Fin