El hombre profundo
«Big Tulio era un hombre alto, ancho y sobre todo profundo. Fundó el “W” enceslao Bar con la mitad de lo que quedó de su ruinoso divorcio.»
Big Tulio era un hombre alto, ancho y sobre todo profundo.
Fundó el “W” enceslao Bar con la mitad de lo que quedó de su ruinoso divorcio, con la convicción de vivir rodeado de bebidas añejadas, música que emocione y mujeres que brillaran como las botellas recién salidas de la caja.
Tenía una voz cavernosa, como el doblaje de un león rey. Un oído exquisito para elegir a los músicos que pasaban por su local y poca paciencia para los barman que querían inventar tragos exóticos. “lo bueno y puro, dos veces bueno” era su lema.
Disfrutaba de la baraja, aunque no pudiera jugarla. Su dislexia no le permitía armar pares y escaleras. Mientras que su lectura del oponente era letal.
Encontró su lugar en el mundo oficiando de croupier. Gustaba dar cartas haciendo cortes sangrantes y repartiendo fichas al peso. No necesitaba contarlas, ni a las cartas ni a las fichas.
El fedora de piel de conejo gris con cinta negra le cubría los ojos de las luces de las mesas. Siempre lo portaba, al igual que su reloj exclusivo que marcaba la misma hora que cualquier otro, pero con más clase.
Tenía predilección por las bebidas Escocesas. Con las mujeres no era gregario.
El corazón del bar era la mesa de póker. El alma, los músicos: diamantes en bruto que esperaban ser descubiertos en esa cantera húmeda y oscura, tocando el blues más sentido y sincero.
Una noche, entró alguien de ningún lugar, con caminar lento y mano rápida, traje blanco y corbatín de cordón fino. Alguien que podía estar necesitando hacerse de sencillo para tirar un par de semanas. Pasó por la barra, pidió algo en clarísimo español, miró al trompetista que dignamente intentaba sonar como Charlie Parker, y se acercó a la mesa.
Menos de diez manos bastaron para que sus oponentes se fueran retirando sin siquiera poder pagar la cuenta del bar.
Big Tulio acomodó las fichas, juntó la baraja, comenzó a mezclar con una sola mano, buscó la mirada del desconocido.
—¿Sabés por qué este bar se llama “W”? —preguntó Tulio.
El español negó con la cabeza esbozando una mínima mueca con los labios.
—Porque es la letra más difícil de leer para un disléxico. La que más se parece a sí misma al revés. Tengo esa condición, y supe sacarle el máximo provecho en esta vida. —Continuó sin siquiera parpadear.
Tulio levantó la mano que no mezclaba las cartas, la que lucía su ostentoso reloj. La banda dejó de tocar. El silencio dejó escuchar bien claro el pedido del dueño de todo eso.
—En mi mesa nadie toma soda con hielo y limón. Dos Laphroaig., por favor. Este desconocido con suerte es ahora mi invitado —decretó Big Tulio.
Los pocos testigos mezclados entre el intenso humo se fueron juntando alrededor de la mesa.
—Joven, solo las mujeres. Lo demás debe estar bien añejado. Como la experiencia. Como este whisky. —Clamó Big Tulio y su voz hizo vibrar los platillos de la batería.
El invitado sintió que le quemaba el vaso frío.
Big Tulio bebió un sorbo largo. Aspiró profundo con los ojos cerrados y las fosas nasales ensanchadas. Su chaleco negro brillante le achicaba la espalda ancha y agrandaba su presencia. Lo blanco de sus ojos brilló debajo del sombrero.
Los dedos finos y la muñeca suelta del español ya no parecían bailar al ritmo impuesto.
Big Tulio continuó en el mismo tono y la misma métrica.
—Todo el mundo tiene derecho a trabajar, a ganarse el pan. Está bien. Lo acepto.
Miró los hielos nadar felices dentro del whisky escocés.
—Yo acá vengo a divertirme, y me divierto mucho todas las noches, en esta que es mi mesa, en este que es mi bar, mi madriguera, como me gusta decirle, donde yo vengo a ser: el oso impoluto —continuó Tulio.
—Y lo que no me gusta, lo que definitivamente no me divierte, es descubrir a jugadores de ventaja.
El español intentó tragar algo de líquido, que le sentó como una cucharada de mantequilla de maní.
—Es por eso que te propongo algo. Jugaremos una sola mano. Voy a repartir cartas que no voy a mirar.
Tulio hizo una pequeña pausa para que entrara algo de aire a la apretada escena.
Sonrió dejando ver su diente de oro.
Al desconocido se le dilató la pupila.
Tulio continuó, con tono de sentencia.
—Me gustaría que pienses muy bien tu próxima movida. No vaya a ser cosa que el resto de tu vida te tengan que ayudar a bajarte el cierre del pantalón para ir al baño.
Un hielo del vaso del español se acomodó y generó un estruendo en el silencio absoluto.
Big Tulio cerró los ojos. Acercó el vaso a su rostro. Rastreó el Laphroaig antes de tomarlo por última vez. Lo paladeó despacio y lo confirmó con un mínimo gesto de satisfacción.
Cuando volvió a abrir sus ojos, el trompetista clamaba en un solo épico. No había ningún desconocido en la mesa. Y un vaso de whisky escocés con tres hielos a medio derretir, que esa noche, alguien no había disfrutado.
Fin