El Flaco Paul
Perderse a propósito a veces es la única manera de encontrar algo.
↜ subrayar esto con birome rojaHabía decidido desviarme un par de cuadras para pasar por lo que había sido el Sporting Club. El edificio de una sola planta, pintado por última vez y de blanco hacía más de una década, reflejaba a la perfección la tristeza de haber sido y hoy no ser.
Desde la esquina divisé una figura delgada que barría la vereda, tan delgada como la escoba que utilizaba.
—¿Será el Flaco Paul? —pensé, forzando la vista.
Me fui acercando por detrás. Una aureola gris, casi franciscana, era lo único que le quedaba de pelo. Se lo notaba de hombros fuertes, aunque flacos. Encorvado y algo chueco, llevaba zapatillas de lona, jogging y remera: todo en un riguroso azul Francia.
Se movía sobre las baldosas rotas, levantadas por las raíces y el paso del tiempo, como un mediocampista elegante. Peleaba con una hoja enredada que no quería soltarse, con esa calma que solo tienen los buenos tiempistas.
—¿Sería él de quien me había hablado Robert aquella vez, en mi terraza?
El crack que otrora se había ido a probar a un gran club de la capital, que siendo defensor metió dos goles y generó un penal para que su combinado ganara; no había sido visto siquiera desde el bar donde el técnico tomaba un café con la kinesióloga.
Las primeras ventanas del viejo bufet me dejaron ver a un grupo de viejos jugando al mus, otros al dominó, y un tercero que despotricaba contra la juventud, mientras reivindicaba que todo tiempo pasado había sido mejor.
Entré en el zaguán donde colgaba una cartelera con las actividades sociales y un pequeño menú improvisado con tiza.
Fotos viejas y gastadas vestían la otra pared. Un retrato de un joven alto y fornido se destacaba; brazos en jarra, el pie derecho sobre el balón de cuero de hexágonos cosidos a mano. Cara de prócer y un epígrafe contundente:
El que pestañea, saca del medio.
Intentaba entender tan extraña frase, quizás digna del Flaco, cuando el olor de la cocina me llevó muchos años atrás, a cualquier otro bufet de club, de cualquier otro club, en cualquier otro barrio.
Pude escuchar al mozo gritar desde mitad del salón:
—¡Marche un raviol!
—¡Una doble de muzza para la mesa seis!
Y, por qué no, esa frase que hasta hoy sigo usando:
—Cerrame la catorce.
Me perdí en imágenes y sonidos. No quise entrar ahí. Salí casi apurado.
En la vereda, aun barriendo, de espaldas a mí, casi me lo llevo puesto. Sin que pareciera haber notado mi presencia, encaré por su derecha. Él, casi imperceptiblemente, se inclinó hacia mí, cerrándome el paso contra la pared.
En un esquive torpe, pasé de costado, abriendo las piernas frente a él. Seguía sin mirarme, sujetando el cabo de madera, hasta que un leve movimiento de la escoba empujó una piedra que pasó entre mis piernas y golpeó, seca y claramente, contra la pared.
—¡Sotana para uno! —exclamó, sin levantar la vista.
Hizo una pausa mínima y remató:
—Caño y gol vale doble, pibe.
Seguí caminando, cabizbajo, como quien pestañó y le toca sacar del medio.
Había conocido al Flaco Paul.
Fin